Un estudio genético arroja luz sobre el origen de minoicos y micénicos


Un artículo sobre Paleogenética publicado en Nature ha arrojado luz sobre el origen de las civilizaciones egeas. El estudio realizado por I. Lazaridis y colaboradores ha comparado muestras de ADN antiguo de diversos enterramientos del Bronce egeo y de otros lugares y momentos de la Prehistoria Reciente y la actualidad, y de los análisis comparativos efectuados, ha extraído interesantes conclusiones.

Durante la Edad del Bronce, mientras en el resto de Europa los campesinos habitaban en pequeños poblados y apenas dominaban la metalurgia del cobre, se desarrollaron en el Egeo auténticas civilizaciones urbanas: la Minoica en Creta y la Micénica en la Grecia continental. Estas culturas, contemporáneas de las civilizaciones históricas del Próximo Oriente (Egipto y Mesopotamia), fueron sociedades jerarquizadas de una extraordinaria complejidad administrativa, con poderes centralizados promotores de la construcción de grandes palacios e infraestructuras y con una espectacular riqueza material.

En el Bronce Antiguo, en diferentes regiones del Egeo (Creta, las islas Cícladas, la Grecia Continental), se alcanzó un grado comparable de desarrollo social y material, con continuidad desde el Neolítico. Sin embargo, en el Bronce Medio arrancó el desarrollo de la civilización Minoica (2100 – 1200 a.C.), con la aparición del urbanismo y el sistema palacial. Posteriormente, en el Bronce Reciente, se desarrolló en el continente la civilización Micénica (1550 – 1000 a.C.). No se conocen con exactitud los factores que condujeron a la aparición de la civilización Minoica primero y la Micénica después, ni tampoco las causas que provocaron su fin, con el colapso palacial cretense y la decadencia de la cultura Micénica. Las innovaciones que condujeron al desarrollo de estas civilizaciones en el Bronce Medio se han atribuido tradicionalmente a la expansión de las civilizaciones de Oriente Próximo o a invasores indoeuropeos (los Aqueos de la tradición homérica), del mismo modo que el ocaso de estas culturas, que dio paso a la llamada Edad Oscura en Grecia, se ha relacionado también con movimientos demográficos (irrupción de los Dorios o los Pueblos del Mar). La escritura Lineal B, usada por los micénicos y posteriormente en Creta en documentos administrativos, fue descifrada en 1952 por Michael Ventris, confirmando que en el Bronce Reciente ya se hablaba efectivamente en el Egeo una lengua indoeuropea, el Proto-Griego. En el Bronce Medio cretense se habían empleado otras dos escrituras: la jeroglífica y la Lineal A. Ninguna de ellas ha sido descifrada, y aunque se conoce que la Lineal A no era una forma temprana del griego, algunos investigadores han pretendido encontrar afinidades con el Fenicio, de origen semítico.

Estas cuestiones sin resolver, en relación al origen y final de las civilizaciones egeas, han generado desde su descubrimiento un intenso debate, pues muchos estudiosos pusieron objeciones a la asunción historiográfica de que cada cambio cultural quedase explicado mediante eventos de migración o invasión. Recientemente, un artículo publicado en Nature ha arrojado luz sobre estas cuestiones desde una disciplina de relativamente nueva aplicación en la Prehistoria y que viene a complementar a la arqueología y a la lingüística en la comprensión de este período: el análisis genético. El estudio realizado por I. Lazaridis y colaboradores ha comparado muestras de ADN antiguo de diversos enterramientos del Bronce egeo y de otros lugares y momentos de la Prehistoria Reciente y la actualidad, y de los análisis comparativos efectuados, ha extraído interesantes conclusiones.

Figura 1: “Máscara de Agamenón”, procedente del Círculo A de Micenas. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

En primer lugar, minoicos y micénicos eran genéticamente homogéneos. Ambas poblaciones eran diferentes del sustrato neolítico de Grecia, similar por otra parte al conjunto de agricultores del Neolítico Inicial y Medio de Europa y el Noroeste de Anatolia. Los individuos del Bronce del Suroeste de Anatolia también diferían genéticamente de este sustrato neolítico europeo, y compartían con minoicos y micénicos ciertos componentes genéticos que los enlazan con el Mesolítico y el Neolítico de Irán y el Cáucaso. Es decir, las poblaciones del Bronce egeo y anatolio se derivaban principalmente del Neolítico de Anatolia. De hecho, algunos autores ya habían formulado la hipótesis, basada en la distribución de los topónimos pre-griegos, de que el Bronce Inicial comenzó en el Egeo con la llegada de gentes de Anatolia que portaban la tecnología metalúrgica. No obstante, estas poblaciones también poseían, aunque minoritario, el citado componente ancestral del Este (Cáucaso e Irán). Esta ancestría ya se encontraba presente en las poblaciones neolíticas del centro de Anatolia, por lo que no parece probable la aportación genética de estos pueblos orientales en el Bronce Inicial.

Lo que no han hallado los análisis son afinidades genéticas con otras migraciones propuestas, como egipcios y fenicios, por lo que los autores rechazan que las culturas egeas fueran introducidas por estas civilizaciones. Pero sí un dato interesante que puede sugerir nuevas cuestiones: los micénicos, y no los minoicos ni las poblaciones del Bronce anatolio, tienen además un componente ancestral, minoritario, de una fuente septentrional, relacionada con cazadores y recolectores del Este de Europa y Siberia. Este componente también se observa en Armenia, de modo que los armenios pudieron haber contribuido al acervo genético de los micénicos. Pero este componente ancestral septentrional también se encontraba ya presente en las áreas contiguas a Grecia por el Norte en el III Milenio a.C., de modo que los autores proponen como alternativa cierto flujo genético desde estas zonas sin necesidad de grandes movimientos demográficos, y por las barreras geográficas este componente ancestral no llegó a Creta. De este modo, los micénicos se habrían modelado como una mezcla de minoicos y poblaciones del Bronce de las estepas, lo que sugiere un único evento migratorio del este que habría llegado tanto a Creta como a la Grecia continental. Las poblaciones del Neolítico griego no poseen ninguno de estos dos componentes ancestrales (ni el oriental ni el septentrional), de modo que su llegada ocurrió entre los milenios IV y II a.C. Para los autores estas migraciones, numéricamente menos influyentes que las poblaciones locales, pudieron haber contribuido a la emergencia de las culturas del Bronce egeo como “disruptores creativos” de las tradiciones locales, si bien la fuerte persistencia del sustrato neolítico otorgaría a los indígenas un papel clave en este proceso. Esta interpretación podría ser compatible con las hipótesis de las “élites guerreras”, que intentan compatibilizar los elementos de ruptura (sobre todo en los enterramientos) con los rasgos, mayoritarios, que reflejan una continuidad cultural.

 

Figura 2. Fresco de los delfines. Palacio de Cnossos, Megarón de la Reina.

En conclusión, minoicos y micénicos eran poblaciones genéticamente homogéneas, y también lo eran con respecto a las poblaciones del Bronce del Suroeste de Anatolia, pues las tres compartían el componente ancestral local del Neolítico Anatolio y el componente adicional del Este (Cáucaso). Los resultados del estudio apoyan la continuidad, aunque no impermeabilidad, de las poblaciones egeas antes y después de las civilizaciones del Bronce. Pero aún quedan cuestiones sin resolver: en primer lugar, cuándo y por qué vías llegó esta ancestría oriental, común a minoicos y micénicos, al Egeo. En segundo lugar, el componente ancestral septentrional exclusivo de los micénicos, ¿llegó al Egeo como una migración rápida que formaría el ala meridional de la expansión de los indoeuropeos desde las estepas? La ausencia de este componente ancestral del Norte en Creta, donde están atestiguadas las lenguas indoeuropeas, plantea sin embargo dudas a esta asociación lingüística y genética.

Para saber más:

Lazaridis, I. et al (2017): Genetic Origin of the Minoans and Mycenaeans. Nature 548: 214 – 218.

 

Francisco J. Bermúdez Miranda

FIPEH – Fundación Instituto de Investigación de Prehistoria y Evolución Humana

 

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